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Historia

Historia

    Créanse que hace una treintena de años se ofrecía la cantidad de 20 millones de pesetas, al contado, por el traspaso de un puesto de venta en el Mercado de Santa Florentina. Y la operación no se cerraba. En el mercado, el que tenía un puesto contaba con un tesoro guardado con siete llaves. Era la Cartagena que tenía al empresario de automoción Ginés Huertas Celdrán como alcalde y presidente de la Diputación Provincial de Murcia.
La tradición mandaba y los puestos pasaban de padres a hijos para su uso. El Ayuntamiento ejercía la propiedad y percibía el beneficio de un canon o impuesto mensual, por término medio entre 3.000 y 5.000 pesetas de hace doce o quince años. «Había mucha bulla bastantes días y el mercado estaba de bote en bote, especialmente los viernes y sábados. Corría el dinero y corría de verdad», recuerda con nostalgia Ricardo García, septuagenario, que durante más de cuarenta años tuvo punto de venta de fiambres (docenas de jamones de Serón, de Teruel, de Jabugo, de Salamanca…) colgados del techo con el riesgo de perderlos más de una vez y más de diez veces por la escasa vigilancia del lugar una vez cerrada la tienda.

Historia del mercado

    A la hora de la seguridad, los tenderos no se ponían de acuerdo para contratar un seguro colectivo ante la avalancha de robos una vez cerrado el mercado, que abría para media jornada, desde bien temprano y hasta cerca de las dos de la tarde. Los que más se oponían a pagar un seguro que ellos estimaban innecesario eran los del sector de frutas y verduras ,al estar acostumbrados a vender la totalidad de sus artículos, a diferencia del resto de puestos: carnicerías y pescaderías.
En realidad los fruteros y verduleros no tenían nada que perder al haber dado salida al material mucho antes de acabar la jornada. Los ladrones daban en piedra.

El Mercado de Santa Florentina, que rivalizaba con el de Gisbert, ha sido y es punto de encuentro ciudadano a la hora de buscar los ingredientes para su traslado a la cocina casera o a la del establecimiento de hostelería. Siempre tuvo fama de aplicar los precios un poco más altos que los de la calle de los refugios de la Guerra Civil. Mantuvo el liderazgo sin que apenas fuese competencia el efímero Mercado de Juan XXIII, relativamente cercano, que fracasó de manera estrepitosa al poco tiempo de surgir y tuvo que cerrar con la teoría extendida de que nació corto de medios e incompleto, aunque hubo compradores de puntos de venta que inicialmente perdieron 300.000 y 400.000 pesetas por una inversión poco productiva.
Entre los 170 puestos del mercado señero de Cartagena hace medio siglo destacaba la buena convivencia general de su personal, con las lógicas excepciones. Muy buenos profesionales tengo anotados con más de treinta y cuarenta años de servicio al cliente. En carnicerías y fiambres, Braulio Roca, Los Pascuales (después con tienda en calle Honda), Antonio Carbonero, Enrique Meroño, Ricardo García Nicolás, Raimundo y Antonio García Oliver destacaban por su actividad. Maestros en el corte, adiestrados desde chiquillos con el cuchillo, casi todos pasaron algún día por la Casa Socorro para remediar un corte en un dedo, por un despiste.
Una balanza especial

Hay coincidencia en considerar que en aquella época el mejor vendedor en el ramo de pescadería era Pedro Sánchez, por la calidad de unos artículos que elegía con esmero en la Lonja de Santa Lucía. También destacaban Genaro, Flores y Antonio, precursores de tantos y tantos buenos vendedores de rodaballos, doradas, meros, lenguados, aladroques y lo que hiciese falta. Y honrados en el caso de un conocido pescadero que una mañana echó con cajas destempladas de su puesto a un vendedor de balanzas que, procedente de Barcelona, le proponía la compra de un peso trucado con un beneficio de un 15% en cada venta.
En el sector de frutas y verduras, los Plazas, Manolín Miranda, Juan Escudero (este último hijo de Gregorio, el conserje del estadio del Almarjal en los años 50). Juan Escudero, que fue futbolista, aún sigue en su caseta cercana a la entrada principal y recuerdo que comenzó el oficio vendiendo por los barrios la mercancía que transportaba en burro.

Adolfo, 'El Marquesito de los platos', soltero personaje de los años 50 y 60, del que se hablaba como millonario, era licenciado farmacéutico sin ejercer y asiduo paseante de calle Mayor. Acudía muchas veces al mercado florentino en busca de gambas rojas, por las que se pirraba. Tenía la habilidad de presentarse a las 9 de la mañana con ánimo de regatear la tarifa. Si no lograba en primera instancia el precio deseado, regresaba a los mismos puestos dos horas después y retomaba el regateo. Quería ganar por aburrimiento. Un día quiso pagar una docena de gambas extendiendo un cheque bancario. Y le dijeron que no.

Cabe destacar también la persona de JOAQUIN SÁNCHEZ GÓMEZ, que estuvo allí desde el año 1957 hasta 1997 junto a Enrique Meroño, comenzó dedicándose a las especias procedente de Joaquin Boj, y posteriormente a la venta de ultramarinos y verduras, siendo popular en los años 80 por la venta de lombardas, remolacha y nabizas gallegas, siendo madrileños y gallegos asentados en nuestra ciudad sus principales clientes.

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